El carnaval de Rio no se dejó amedrentar por tempestades, recortes presupuestarios ni olas conservadoras y se mantuvo en su versión 2019 como una explosión de colores, música y alegría, mostrando a la vez su voluntad de recoger el guante de la era Bolsonaro.
Los desfiles se abrieron ayer, después de una lluvia torrencial que retrasó su inicio en casi una hora, y concluirán la madrugada de mañana. En dos noches, 14 «escolas (escuelas) de samba» movilizan entre 2.500 y 4.000 personas, con indumentarias y coreografías ensayadas a lo largo del año y seis gigantescos carros alegóricos.
Los cortejos recorren los 700 metros de la pasarela del Sambódromo, sobre la Avenida Marqués de Sapucaí, rodeado de tribunas en las que caben -y que llenan- 72.000 espectadores. Una obra diseñada por el arquitecto Oscar Niemeyer, el mismo que junto al urbanista Lucio Costa concibió y construyó Brasilia.

