Los cementerios se llenan de personas que visita n a sus familiares y amigos en el Día de los Difuntos; les llevan flores, serenatas e incluso conversan con ellos.
La celebración tiene su origen en el siglo XVI cuando los nativos empezaron a reunirse para conmemorar y realizar un homenaje a los fallecidos. La ceremonia consistía en llevar ofrendas materiales y comestibles hasta las tumbas. Con la llegada de los españoles las costumbres locales se fusionaron con las extranjeras que venían reguladas por la religión católica.
Cientos de personas van a los cementerios para visitar a sus difuntos. En las afueras se instalan pequeños puestos de venta de flores sueltas, arreglos y coronas.
Antes de ingresar la gente compra alguno de estos ornamentos que llevan hasta la sepulcro de su ser querido y aprovechan para limpiar y dar mantenimiento al nicho. De esta manera perfuman y alegran el triste paisaje habitual del lugar.
Pero no sólo se llega a los cementerios con bonitas flores y se conversa con los fallecidos, también se ruega por el alma del difunto, para que siga en la presencia de Dios.

