Parecía una coreografía perfectamente coordinada. Las ballenas jorobadas daban saltos enormes, aleteaban, mostraban su característico lomo y resoplaban.
“Son afortunados, no es frecuente poder ver este tipo de socialización”, dijo Gonzalo Asunción, guía del barco Rosita que zarpó el pasado domingo desde Puerto López, Manabí, a un grupo de turistas emocionados que estaban en la embarcación.
Sin embargo, en lo mejor del espectáculo natural, el barco empezó el retorno. “Regresemos, quince minutos más, un salto más” fue la petición de un turista al capitán del barco, pero este, con voz firme, se negó y respondió: “No. Solo son treinta minutos por grupo de ballenas, no queremos estresarlas, es el reglamento”.
Gonzalo secundó al conductor y recordó lo que había explicado cuando partió la embarcación: “Si queremos que las ballenas no se vayan de nuestras costas, no hay que molestarlas de más”.
El guía previamente había detallado a los visitantes el recorrido de siete mil kilómetros que hacen las yubartas desde las frías aguas de la Antártida hasta las costas ecuatorianas para parir a sus crías y reproducirse.
Además, Asunción hizo hincapié en un turismo responsable pero no solo de las operadoras, sino también de los visitantes. “Nacen en Ecuador, en Manabí, son ecuatorianas, manabitas, y debemos cuidarlas. Como turistas no podemos exigir más de lo permitido”, dijo.
Para lograr una mayor protección, en 2014 se firmó un acuerdo interministerial entre las secretarías de Estado del Ambiente (MAE), de Defensa, de Turismo (MinTur) y de Transporte y Obras Públicas. Este documento tiene regulaciones definidas que se aplican a todas las actividades turísticas inherentes a la observación de cetáceos que se realizan en el mar territorial nacional.

Además, ese mismo año, el MAE publicó una guía para la observación de ballenas jorobadas en la costa de Ecuador. En este manual se establece el correcto abordaje de las embarcaciones a los grupos de cetáceos, tiempo de observación, entre otros criterios técnicos.
Cristina Castro, bióloga de la Fundación Pacific Whale en Ecuador, reconoce que se han mejorado las prácticas para el avistamiento, en especial en Puerto López.
Asegura que a finales de la década de los 80 la observación de las ballenas se hacía de forma muy precaria y sin manuales que respeten el espacio de los cetáceos.
“Cuando se crea el Parque Nacional Machalilla, en Manabí, la alternativa del parque es hacer turismo. Ingresan 517 turistas en todo un año, pero ya en 2014. por ejemplo, se alcanzó los 68.000 turistas solo en la temporada de ballenas en Puerto López”, dice.
La experta señala que el cambio también se dio en los servicios que se le ofrecen al turista: “Antes salíamos en embarcaciones de pesca con un plywood, una taza higiénica que se desbarataba a mitad del viaje, un motor, un marinero y con máximo ocho pasajeros, y el guía iba en cuclillas. Ahora tenemos botes especializados”.
Pero este cambio también genera la obligación de realizar un turismo sostenible y no interferir demasiado en el proceso de socialización y cortejo de las ballenas, asegura el viceministro de Turismo, Mariano Proaño.
El funcionario agrega que si bien la observación dinamiza la economía local también se debe analizar el tema ambiental para que las nuevas generaciones “tengan la oportunidad de ver este espectáculo”. Además, afirma que todos los ecuatorianos estamos “obligados a salvaguardar la vida de las ballenas jorobadas”.
De hecho, el MAE asegura que realiza controles terrestres (playas y muelles) junto con los municipios y el MinTur para verificar que las embarcaciones cuenten con los permisos respectivos.
También, afirma, tienen vigilancia marítima con la finalidad de garantizar la integridad física de los ocupantes de la embarcación y “reducir al mínimo la perturbación” a las jorobadas y delfines.
Castro está de acuerdo con los controles porque, según ella, existen embarcaciones que operan ilegalmente, cobran menos a los turistas, dan un pésimo servicios y, por lo general, no respetan las normas.
“Hay embarcaciones, por ahorrar gasolina, que están todas alrededor de un grupo y esto causa estrés a las ballenas, provocando que no se reproduzcan, no produzcan leche o no amamanten a sus crías y las crías no aguantan el viaje a la Antártida. El turista debe buscar operadoras legales”, señala.
La ley ambiental vigente establece sanciones para quienes perturben directamente a las ballenas. Según el MAE, en 2018 se reportó un caso en Santa Elena que fue sancionado económicamente y se suspendió a la operadora turística por un mes. (I)
Fuente: El Universo

